jueves, 28 de marzo de 2013

El amor de Lancelot.



 
 
 
 
En tiempos remotos, la isla que hoy integran Inglaterra, Escocia y Gales, era llamada Logres por sus habitantes, descendientes de grupos raciales diversos, pero llamados “britones” por los romanos a causa de una tribu así conocida, de origen celta, con la cual entablaron buenas relaciones tras la invasión de la isla, la cual tuvo lugar en el siglo I.
Muchos integrantes de las legiones se habían convertido al cristianismo, religión que predicaron a los habitantes de Inglaterra. De este modo, lo que con los años seria la Gran Bretaña (Great Britain), fue cristiana antes que el resto de Europa septentrional.
Roma ocupó la isla durante más de tres siglos, y terminó por abandonarla a principios del siglo V. Exactamente en el año 410 se fue la última legión romana. Los “ingleses” entre tanto, habían alcanzado cierto grado de bienestar gracias a la paz romana. Sus iglesias eran ricas, y la economía rural y minera se había desarrollado, aunque no sobrepasara lo que era normal en el sur de Europa.
Los pueblos semi-bárbaros que vivían en el norte, comenzaron a codiciar los bienes poseídos por aquellos pueblos. Inspirados en una mitología guerrera, y anhelantes de riquezas, comenzaron a asolar las costas de Inglaterra, robando, incendiando y violando.
Los “viejos dioses”, como llamaban a sus divinidades, exigían la muerte de los cristianos, empresa que parecía a su alcance cuando los romanos dejaron de defenderlos. Las primeras incursiones fueron fáciles, con lo cual las mismas se multiplicaron y llegaron hasta el corazón mismo de Gran Bretaña. Al finalizar las tormentas invernales, salían las hordas de Dinamarca y de Germania rumbo al este y al sur de la isla, sembrando a su paso dolor y destrucción, sometiendo a los vencidos a tributo o esclavizándolos.
Algunos jefes de tribu pretendieron resistir sin éxito. Pasaban los años añorando los viejos tiempos de paz, hasta que un señor valeroso y ambicioso llamado Constantine, consiguió formar un pequeño reino en el sudoeste, cerca de Gales, preservándolo de las invasiones.
Constantine tuvo tres hijos: Constance,  Aurelius y Uther. Al morir el padre, su primogénito fue asesinado  por un señor galés llamado Vortinger, coronándose rey. Este creyó posible la paz con los bárbaros sajones, intentando llegar a un acuerdo con uno de sus jefes. Invitado éste a una gran fiesta para celebrarlo, Vortinger fue engañado y hecho prisionero.
Para salvar su vida tuvo que ceder sus tierras, poblados y siervos. Huyó a las montañas de Gales, donde consiguió reunir hombres con los cuales quería vengarse del invasor, ya que todo el sur de la isla estaba asolado.
Mientras tanto, la viuda de Constantine había huido con sus otros dos hijos, pero Merlin vaticinó que estos volverían a vengarse de Vortinger y arrebatarle el reino.
Así sucedió, volvieron con setecientos navíos sin que el rey pudiera hacer nada contra ellos. Uther pasaría a reinar, emprendiendo grandes hazañas en busca de la libertad y la paz de sus dominios.
Tuvo un hijo que se llamó Arturo, que sería más adelante el que impondría su autoridad como vaticinó Merlin, y que junto a sus caballeros de la Tabla Redonda, siendo Lancelot el más poderoso y su brazo derecho, protagonizarían todos ellos las leyendas artúricas. Caballeros errantes en busca del Grial rodeados de hechiceros y magia.
Durante unos años, toda la atención de Arturo giró en torno a conseguir la expulsión de los paganos de tierras de Bretaña. Para esa larga tarea, comenzó con la elección de un amplio grupo de caballeros valientes y virtuosos, con quienes formó su corte y sentó sus principios de gobierno, obligando a todos los habitantes de su reino a obedecerlos al margen de su condición social. De este modo y con su ayuda logró pacificar el país
Entonces Arturo decidió que ya era hora de someterse a la coronación y realizar  casamiento, idea que había ido posponiendo, porque reconocido como rey de Bretaña cuando contaba 15 años.
En una de sus aventuras, Arturo había conocido a la hija del rey Leodegrace, soberano de las tierras de Cameliard, Guenevere, a la que no había podido olvidar. Ordenó a Merlin que formara un séquito y que se dirigiera a su corte a pedir su mano.
Leodegrace aceptó y le envió como regalo la mesa redonda que en cierta ocasión le diera Uther, a la cual podían sentarse ciento cincuenta caballeros.
Arturo, feliz, dispuso en seguida que su mejor amigo y jefe de los caballeros, Sir Lancelot, acudiese a recibir a su prometida y la condujese a palacio. Fue así como al verse, y siendo ambos de parecida edad mucho más jóvenes que el rey, surgió el enamoramiento, aunque ambos guardaron para sí aquellos sentimientos. Llegaron a Camelot, a donde llevaron  la Mesa o Tabla Redonda. Allí se celebró la boda, la cual sería seguida por la coronación del rey Arturo.
Se dispuso la Gran Tabla Redonda en el salón de honor del palacio junto a sus 150 asientos. La intención de Arturo consistía en hacer jurar a todos los caballeros que iban a tomar sitio en la Mesa, una absoluta limpieza de pensamiento y una lealtad inconmovible a los altos principios que regían su reino. Debían consagrar sus vidas a Cristo y luchar por la implantación de un modo de vida ejemplar que se extendiera a toda Inglaterra.
Cuando la mesa estuvo dispuesta, se sentaron todos a ella y el Arzobispo de Canterbury la bendijo. Entonces se produjo un gran estruendo de truenos y música celestial. Los corazones de todos se colmaron de dicha, y el rostro de Arturo pareció bañarse en una luz sobrenatural.
Merlin entonces pidió a los caballeros que se acercaran al rey y le rindieran homenaje. Cuando cada uno se arrodillaba ante el monarca y hacia su juramento, Merlin hacia aparecer su nombre en letras de oro en el respaldo de sus respectivos asientos; todos menos tres que se reservaron para los caballeros que ganaran más prestigio cada año (uno de los tres, al que nadie debía osar sentarse salvo muerte fulminante, estaba destinado al autor de la hazaña de más riesgo).
Arturo enseguida advirtió que no era una mesa ordinaria aquella por el dispuesta, sino algo en que Dios mismo se veía materializado. Sobre él y su séquito recaía ahora una bendición y así quedaba instaurada la fundación de La Orden de La Tabla Redonda. Poco podía imaginar Arturo que, apenas establecida la orden,  surgiría la discordia.
Al día siguiente se celebró la boda y se dispusieron para el banquete. Los caballeros se fueron sentando junto al rey en la tabla redonda según sus rangos y grados, incluidos los hijos de su hermana Morgana que ocupaban un lugar de privilegio junto a él.
Guenevere, ya proclamada reina, aunque presidia el banquete como anfitriona, se sentaba en una mesa aparte junto a las damas invitadas desplegando una parecida magnificencia en su estancia y dando muestras como anfitriona de unas refinadas maneras que serian imitadas y que se extenderían por toda Bretaña.
Los británicos conservaban una antiquísima costumbre, en virtud de la cual, hombres y mujeres no debían sentarse juntos a la mesa. Los nobles no llevaban nunca a sus esposas cuando asistían a los banquetes.
Más tarde el rey Arturo, que no en vano pasó a la historia como rey galante, iba a romper con esa tradición.
Todos los caballeros juraron atenerse a la regla dictada por Arturo, comprometiéndose a renovar sus votos cada año en la fiesta de Pentecostés. También se acordó que esa fuera la fecha para la coronación, cuando el tiempo era más templado. Fueron invitados todo tipo de señores y gobernantes, como también príncipes del continente.
Nunca hasta entonces se había visto tanto esplendor. La coronación del rey Arturo y de Guenevere pasó a la leyenda como uno de los acontecimientos más esplendorosos y deslumbrantes.
Lancelot du Lac, no era inglés ni galés. Se trataba en realidad de un caballero nacido en Bayona, cerca de la frontera franco-española. Era hijo del Rey Ban de Banwick, deformación fonética inglesa de Bayona.
 Se llamaba “du Lac”, porque según se afirmaba, había sido robado de pequeño por la Dama del Lago. Ésta quería un hijo, y al serle negado por el Cielo, optó por raptar al más bello de los infantes para criarlo y educarlo en su reino. Era muy poderosa y poseía propiedades no sólo en Inglaterra sino también en Francia, pues como la familia de Lancelot, también provenía del continente.
Nada se dice sobre las causas que guiaron a Lancelot a preferir la corte del rey Arturo a la de su padre o a la del rey francés. Sólo se comenta que llegó a Camelot muy mal trajeado y que se abrió camino por sus propios méritos, omitiendo decir al principio que era hijo de un rey.
Pronto se pasa a mencionar que era uno de los más importantes miembros de la orden creada por el rey Arturo, la cual no tardó en capitanear. Tras pasar los dos un par de años en Francia,  volvieron a Bretaña. Para entonces Lancelot ya era el brazo derecho indiscutible del rey, al que había jurado dedicar la vida a su servicio, y ser siempre el campeón de la reina.
Nunca fue vencido en combate y su valor resultaba proverbial en todo el país. Sólo le presentaban batalla los que ignoraban quién era, sinó se declaraban vencidos de antemano, y le reconocían como el mejor hombre de armas ante el que nadie se hubiera enfrentado nunca.
Llevaba a cabo aventuras sin par, escapando de ardides de damas urdidos para comprometerle, haciéndole victima de innumerables estratagemas y  sufriendo tentativas de asesinato.
Lancelot, el más fuerte, el más alto e invencible caballero, empezó a aburrirse en sus aventuras y comenzó a caer en una rutina que le llevó a perder la ilusión. Nada ni nadie le llenaban, salvo su amor por la reina.
El rey,  preocupado, envió a la reina para que le diera ánimos, ya que al haber paz y sin batallas que pelear, debía recomendarle buscar nuevas metas y conquistar más altos y loables ideales.
Arturo no podía imaginar por entonces que ese acercamiento para aconsejarle e  instruirle en sus pensamientos iba a despertar el amor dormido que la reina sentía. Mantendrían en adelante en secreto su historia de amor.
Recorrió las tierras de Bretaña y Gales, especialmente aquellas donde la ley empezaba a flaquear. De este modo llegó a una aldea donde Lancelot fue requerido para liberar a una dama presa de un dragón encerrada en una torre. Liberada la bella Elaine, hija del rey Pelles, ésta se quedó prendada del caballero y mediante una pócima que le dieron a beber después de cenar,  consiguió hacerle yacer con ella.
Al despertar del encantamiento y ver lo ocurrido, aterrado y dolorido por haber traicionado el amor de su reina, volvió corriendo a  Camelot. Lancelot pensaba que su vigor en las artes caballerescas emanaba de los votos de lealtad hacia sus reyes, de servirles y permanecerles fiel. Angustiado, ejercía sus funciones habituales, adiestramiento de los caballeros e inspección de escudos y armas que se llevarían a la batalla; no podía soportar el haber traicionado su juramento.
Elaine tuvo un hijo varón, afirmando que era hijo de Lancelot, al cual  puso como nombre, Galahad. La noticia pronto llegó a Camelot, causando dolor y furia en la reina que le tildó de traidor y de ser indigno de la corte. Lancelot consideró con desaliento que había perdido su honor y el respeto, y que ya no sería en adelante un ejemplo para nadie. Explicó lo ocurrido, y aunque ella excusó en parte su conducta, ambos se sintieron muy desgraciados durante un tiempo.
Volvieron a salir los caballeros de aventuras, y cuando regresaron victoriosos con todas las naves, el rey, orgulloso, celebró una gran fiesta. Apareció  el rey Pelles con su hija Elaine y su nieto Galahad. Ella venía en calidad de esposa de Lancelot, todo lo cual dio origen a malévolos comentarios, ya que las malas lenguas dijeron que se iban a reunir en secreto. La reina haciendo caso de los rumores, echó a Lancelot de la corte, lo que le obligó a vagar por los bosques, privado de razón durante algún tiempo.
Pasados los años, se presentó Elaine en presencia de Lancelot y cuando recordó quien era, accedió a acompañarle a una Abadía de monjes blancos (cistercienses, orden fundada por Bernardo de Claraval), y allí le presentaron a su hijo Galahad, al que habían educado para que fuera un caballero. Lancelot se llenó de emoción al sentirse invadido de la honestidad y afecto que desprendía el muchacho de sólo 15 años. Otorgó a su hijo la Orden de la que él mismo se viera despojado, pero comprendió que todo el dolor y locura pasados habían servido para que emanara el bien del mal.
Volvió a la corte llevando a su hijo consigo, lo que produjo gran contento en Arturo. Para sorpresa de todos, cuando se fueron a sentar en la mesa, apareció el nombre de Galahad en el asiento que siempre se había mantenido vacío, el asiento peligroso, con la inscripción “este asiento es de Galahad llamado también el Alto Príncipe”. Después de tantos años el asiento se ocuparía por fin.
Galahad fue el nuevo caballero invencible de la Tabla Redonda, al cual estaba destinado el Santo Grial. El puro Galahad, hijo del esforzado Lancelot, cuyo amor pecaminoso le veda el progresar en tan santa aventura, siempre vestido de blanco (educado por monjes blancos, cistercienses), será un modelo de castidad y pureza sin vínculos pasionales con el mundo.
Los caballeros, ya de edad avanzada a estas alturas, decidieron partir en una nueva, grande y muy arriesgada aventura en busca del Santo Grial. Arturo  se entristeció. Para él significaba la dispersión de la Orden de la Tabla Redonda y el fin de su tarea como legislador pacífico. Volvería el caos a apoderarse del pueblo y sabía que ya nunca más se reunirían, la mayoría moriría en el intento. Lancelot mostró precaución, pero los otros caballeros pensaban que la vida ha de acabarse, y era propio de caballeros velar para que su final aportase prestigio individual y para la Orden.
Consiguió volver Lancelot con vida, pero la Orden se hallaba en decadencia. Las gestas eran aisladas y se narraban como un pasado glorioso. Pero la ruina completa sobrevino al estallar la guerra entre Arturo y Lancelot, fruto de las intrigas del clan de Orkney que deseaba la derrota de Arturo como rey, de su estado y del ideal que representaba como guía de espiritualidad.
Algunos caballeros de la Orden también creyeron llegado el momento de que el poder pasara a sus manos. Odiaban al más poderoso, Sir Lancelot, por lo que extendieron rumores de que la reina y el querían derribar al rey Arturo y estalló una guerra civil.
Lancelot tuvo que luchar para conseguir que la reina huyera, la batalla no se podía parar, todo el pueblo estaba soliviantado tomando partido por uno u otro bando, y él sabía que si le mataban, a ella le quemarían en la hoguera. Pero llegó un mensaje del Papa de Roma pidiendo al rey que respetara su juramento matrimonial volviendo con la reina, y que pactara la paz con Lancelot. Así ocurrió, pero Lancelot fue expulsado y partió rumbo a Francia.
Más adelante, Arturo murió de forma misteriosa en batalla contra Mordred. Su hermana Morgana le recogió en una barca y se lo llevó a Avalon. La reina entonces ingresó en un convento, y aunque más tarde Lancelot al enterarse volvió en su búsqueda, ésta quiso acabar su vida dedicándosela a Dios. Entonces él también lo hizo, haciéndose monje. Cuando tuvo noticia de la muerte de la reina no lo pudo superar, y en seis meses murió él también de tristeza.
Por obra y gracia de la literatura de ficción, el rey Arturo de Bretaña aparece como el monarca medieval más prestigioso, rodeado de una fastuosa corte de caballeros, los paladines de la Tabla Redonda, los defensores del orden y la cortesía en un mundo enigmático, en los límites de la realidad y la fantasía.
Muchos contribuyeron a la difusión de las leyendas artúricas, los “chanteurs” bretones difundieron y tradujeron  episodios fantásticos, en los que se expresaban reflejos de la  mitología céltica, una literatura épica oral de extrañas y antiguas raíces.
Chrétien  de Troyes es el escritor que en 1180 introdujo a Lancelot y los temas artúricos en la tradición de la novela europea y fue el padre de la novela francesa. Las figuras de Arturo y sus caballeros de la Tabla Redonda podían rivalizar con los de Carlomagno y sus doce pares, exaltados por la epopeya francesa. La épica se escribió antes de la lírica.  Mezcla las enseñanzas refinadas de los trovadores del amor cortés con motivos y figuras de variado origen integrándolos en  hábiles relatos.
Es en el libro de “El Caballero de la Carreta”  donde Lancelot  aparece como protagonista, encarnando uno de los personajes más influyentes de los creados, o al menos configurado espiritualmente de modo perdurable por Chrètien.
Entre los más aguerridos caballeros de la Tabla Redonda, Sir Lancelot ocupaba el lugar más destacado. Había dado prueba de sí mismo, acrecentando su honra y dignidad hasta ganar fama como el mejor caballero del mundo. Nadie le derrotaba en la batalla ni en el torneo, salvo por traiciones o encantamientos. Ya bien joven había escuchado la profecía de Merlin según la cual estaba destinado a ganar preeminencia en la Orden de Caballería. Él se había empeñado en dar cumplimiento a la profecía, desdeñando todo lo que no fuera su oficio de caballero hasta superar a todos.
Lancelot amaba profundamente a la reina, desde el mismo momento en que la viera por primera vez, y le amó hasta su muerte. En el siglo XII, se produce un “renacimiento” cultural que trajo consigo la literatura del amor cortés: el caballero andante al servicio de la dama. Son muchos escritos los que recogen los amores de la reina Guenevere y de Lancelot, desde las narraciones orales de origen galés y los romans de Chrétien de Troyes, hasta la obra de Thomas Malory escrita en el siglo XV.  Lancelot amaba al rey, pero sucedió que al no tener rival, sintió que su destreza se echaba a perder, y sus ánimos decayeron.  El rey,  preocupado, y tras mantener un largo consejo con la reina Guenevere (Ginebra), ésta le prometió hacer de Lancelot el primer  paladín de la justicia del rey, preparándole para importantes aventuras. Esto dio pie a los amores entre ambos, y al declive de Lancelot, puesto que ya los problemas y la tristeza no tuvieron fin.

Fuente N.B.


 
 

 

 

miércoles, 27 de marzo de 2013

En torno a Bach.



En 1517 tiene lugar en Alemania la reforma de Lutero, que trae como consecuencia enfrentamientos religiosos y políticos, tomando la religión como “excusa” y oportunidad para hacerse fuertes frente a Carlos V. En 1555, gracias a la paz de Ausburgo, se divide Alemania en pequeños estados, cada uno de los cuales elige su religión; los del norte, que estaban más directamente bajo el dominio del emperador, serán más luteranos, mientras que los del sur, estarán más influenciados por la religión católica (están en frontera con Italia).

En el siglo XVII, habrá nuevos enfrentamientos entre La Unión Evangélica y La Liga Católica. Como consecuencia, habrá una separación en pequeños estados con independencia política.
Con la Rebelión de Bohemia, diferentes embajadores españoles serán defenestrados. Francia aprovecha la ocasión para tomar el control militar de Europa. En los pequeños estados independientes, mandarán príncipes, duques, condes ó concejos ciudadanos. Según en qué estado vivía Bach y para quién trabajaba, hacía un tipo de música u otra, siempre por encargo.

En el norte donde vivió, se “frenó” más la música por prejuicios religiosos. Lutero introduce con la reforma la lengua vernácula y cantos populares sencillos adaptados a la misa: los corales. Se hacen variaciones e introducen fantasías convirtiéndose en obras diferentes. Bach llegó a hacer hasta 203 variaciones de un mismo coral.

 “El Magnificat” es la única misa que Bach tiene entera en latín, y la hizo con diferentes fragmentos compuestos a lo largo de su vida: hizo un “autoplagio” (un “best of”) de sí mismo. Utilizó La Biblia de Bach, es decir, su famosa biblia en la que hacía anotaciones, donde subrayaba los textos que le gustaban para utilizarlos como letras. Las letras suelen ser frases que se repiten muchas veces. Empieza con coloraturas con un coro mixto. Se escuchan las trompetas tocadas por los ángeles, oboe, violines y un contrabajo. Las trompetas eran en aquella época como un cornetín, y al ser muy “primitivas” producían muy pocas notas, según lo fuerte que se soplaba salía la nota, y no se podían emitir muchas seguidas. Es una experiencia impresionante escucharla.

Bach hizo en todas sus composiciones variaciones de la melodía, demostrando un virtuosismo y una capacidad de recursos musicales muy superior a otros. Alguien con una mente así estructurada, una mente con tanta capacidad para escuchar en ella tantas cosas a la vez, y capaz de plasmarlas en un pentagrama, es una mente prodigiosa, y una persona que quiere demostrar lo que sabe y puede hacer.

Pocos compositores han estado tan capacitados para componer como Bach, por ejemplo hasta para seis voces a la vez, reto lanzado por Federico II de Prusia durante la visita que le hizo en Postdam.

Bach componía para quien le pagaba, casi siempre música religiosa, casi la totalidad de su vida, pero hubo excepciones. Dada la ausencia en aquella época de salas de conciertos, los músicos tocaban donde podían: edificios públicos, salas de equitación, salas de baile y especialmente en salas de café, que se habían expandido desde la reciente llegada a Europa del café en grano.

En Leipzig, las salas de café eran lugares donde la gente se reunía para sostener conversaciones intelectuales, y varias veces a la semana solía haber tardes musicales, en las que los clientes tomaban café mientras escuchaban música. Las cafeterías que suministraban a la vez sitio y audiencia , eran ideales para ello. Bach firmó un contrato con la cafetería que poseía Gottfrid Zimmermann, en cuyos locales ejecutó unos 600 conciertos en el periodo 1729-1741. En verano los conciertos se realizaba en el exterior, bajo los tilos, en los jardines de la cafetería Zimmermann, justo en el exterior de la puerta Este de la ciudad. El resto del año los conciertos tenían lugar en las instalaciones de la cafetería, en la calle Katherine Strasse, en la planta baja del edificio. Lamentablemente esa parte de la calle en Leipzig fue destruida por los bombardeos en 1943.

Bach era un hombre más bien taciturno, de mente privilegiada, lo que se dice “un cabeza cuadrada”, pero genial. No destacaba por su apego a la imaginación, sino a la tradición. Un genio del que se podrían decir todas las alabanzas posibles. Su “falta” de creatividad la compensaba con una desarrolladísima técnica armónica, por lo que hacía múltiples variaciones de la misma melodía con diferentes técnicas virtuosas. Como otros músicos, todavía en el Barroco del siglo XVIII y posteriormente hasta el Romanticismo en el siglo XIX, Bach trabajaba como asalariado y se veía en la obligación de componer para otros, casi nunca lo hacía para sí mismo.

En sus últimos años de vida, algunos de sus contemporáneos pensaron que Bach representaba ya una música caduca: el Barroco llegaba a su fin y comenzaba el Clasicismo. No sabían lo que decían: Johann Sebastian Bach ha sido uno de los mayores genios de la música de todos los tiempos.

Fuente N.B.
 
 
 

jueves, 14 de marzo de 2013

Sobre el conocimiento de la historia del Universo.




 
Existe relación entre la cosmología y la física de partículas. Las leyes fundamentales del Universo no son solamente las de la mecánica, sino que se completan con las de la teoría cuántica y la teoría de la relatividad.
En física cuántica se sabe, gracias a Heisenberg, que para sondear la estructura de la materia con alta resolución, es decir a escalas espacio-temporales microscópicas, se debe de utilizar una “sonda” cuya energía debe ser tanto más elevada cuanto más alta sea la resolución deseada. Ese es el motivo por el cual la física de partículas elementales es una física de alta energía.
En cosmología, cuya base teórica es la teoría de la relatividad, hay también una relación entre el tiempo y la energía: la observación de la recesión de galaxias lejanas a velocidades proporcionales a su alejamiento sugiere que el Universo está en expansión tras una “explosión” ocurrida hace unos 13.700 millones de años, una singularidad de densidad y temperatura infinitas: el big bang. El Universo primordial, es decir, un tiempo muy breve después del big bang, está modelizado en forma de un fluido isótropo y homogéneo, es decir, cuyas propiedades son idénticas en cada punto, cuya densidad y temperatura decrecen con el tiempo. Como la temperatura de un fluido no es otra cosa que la energía cinética media de sus componentes, se puede decir que la física del Universo primordial es una física de alta energía.
Sondear la estructura de la materia con una “sonda” de alta energía equivale así a  reproducir en laboratorio las condiciones que prevalecían en el Universo primordial, un poco de tiempo después del big bang, cuya temperatura correspondía a la energía de la “sonda”. Las leyes de la física permiten calcular las condiciones iniciales de las que el mundo, tal cual es actualmente, podría resultar. Pero estas condiciones no pueden ser las del origen del Universo, puesto que la singularidad del big bang hace “fracasar” las leyes de la física. No son más, ni menos, que las condiciones del Universo primordial tal como los conocimientos teóricos, las capacidades de observación de los mejores telescopios, la energía de los aceleradores actuales y las capacidades de detección de rayos cósmicos, permiten modelizar.
 
 
Sin embargo, la representación que se desprende de la cosmogonía científica resultante de acercar la cosmología y la física de partículas es la de un Universo en trasferencia, en evolución, desde una fase primordial de alta energía, próxima al big bang, en la que todas las partículas eran indiferenciadas y sin masa, y en la que todas las interacciones estaban unificadas, hasta el estado en que hoy día se puede observar, pasando por una serie de transiciones de fases en el curso de las cuales las partículas se diferencian, algunas de ellas adquiriendo masa, las interacciones se separan, las simetrías se rompen, las estructuras se forman, y aparecen nuevos estados de la materia.
Así pues, para reconstituir la historia del Universo se puede:
-Ver el pasado en la materia, sondeando la materia a las menores escalas posibles y por tanto a muy altas energías, lo cual es ver aspectos del Universo tal como se piensa que era inmediatamente después del big bang,

y/o
-Ver el pasado con la luz que se ha emitido, ya que ver una galaxia a 1000 millones de años-luz es ver un aspecto del Universo tal y como era hace 1000 millones de años.
Los resultados obtenidos con estas dos disciplinas, la física de partículas y la cosmología, constituyen sus modelos estándares respectivos en el actual estado de la ciencia
 

lunes, 4 de marzo de 2013

Sobre el animismo en Euskal Herria: Mari-Ama Lur.






Sabemos  que, en un tiempo, la Naturaleza y sus manifestaciones físicas eran percibidas como entidades sagradas. A estas fuerzas (Sol, Luna, Tierra) se les atribuyó un alma: ahí se encuentra  la concepción animista.
Antes o después, pero en cierto momento, cristalizó la creencia en númenes, genios y divinidades telúricas con una forma física precisa (zoomórfica o antropomórfica, comúnmente), que vivían dentro de la montaña, del bosque o del agua, y que podrían resultar propicios o malditos para los humanos. Había que rendirles culto, aplacarlos y  ganarse su favor. Así surgieron los mitos. El mito, como toda forma de religión, se presenta como expresión y vehículo de un ideal, nacido en un medio mágico y animista, no obstante el carácter material del ser que muchas veces le sirve de objeto.
Es sobre todo el animismo el ambiente propicio del mito. El animismo pone un genio o una divinidad al frente de cada función, de cada fenómeno, y detrás de cada misterio: todo está penetrado por la divinidad, las cosas son divinas, sagradas, sin que haya lugar a la acción de causas segundas.
El pueblo vasco elaboró una cultura y unos modos de vida que traducían su actitud ante los problemas fundamentales de la existencia.
Algunos signos de la cultura popular de Euskal Herria han llegado a nosotros como testigos de aquellas concepciones: motivos estéticos, lugares sagrados, tradiciones, palabras, leyendas, y personajes.
Las creencias y la forma de interpretar la realidad de quienes vivieron antes de la penetración del cristianismo en  Euskal Herria, resultan difíciles de descifrar. Sí que disponemos de restos arqueológicos, de enseres, de pinturas rupestres, de mitos, ritos y tradiciones, pero sobre todo, poseemos palabras en la más antigua lengua de Europa, el euskara, que traduce algo sobre la mentalidad del pasado más remoto.
El pueblo vasco,  como todos los pueblos del mundo, mediante creencias y mitos, ha elaborado unos modelos de interpretación y una inteligencia práctica e instrumental que le han servido para relacionarse entre sí y con su entorno.
En el animismo, los seres humanos no se limitan a su cuerpo: la tierra, los astros, los animales, los mismos vegetales, pertenecen a un orden del mundo que vincula entre sí todos los elementos del cosmos. Su vida no se detiene después de la muerte. Todo procede de un dios supremo e inalcanzable.
El animismo posee su organización, pero suelen confundirse las funciones religiosas y las civiles. Por detrás de los cultos hay unos esquemas profundos inherentes al espíritu religioso.
Generalmente se vive con la tradición, porque da conexión e identidad. Los grupos siempre tienen representaciones simbólicas. Conceptos clave son: tabú, tótem, maná. Representan la identidad, el grupo, simbolizan los límites, los ancestros, el origen (la historia).
En todos los animismos existen objetos sagrados como la cueva, la montaña, el árbol, planta, animal, fuente… Su poder es tan grande que se ejerce a distancia. No hay contacto entre el mundo profano (normal de cada día) y el mundo sagrado.
Los ritos de ofrenda y de sacrificio manifiestan el reconocimiento de la dependencia del hombre respecto a su creador. A menudo constituyen una expiación; la primera función es de gratitud, la segunda de reparación (sacrificio).
Sea cual fuere el nombre que se le dé, el alma está presente, y forma parte de un sistema dualista.
Hay una imagen complicada de dios, rodeada de vida, en la cual estamos todos integrados: un dios retirado de la vida cercana, alejado de la tierra, cercano a las fuerzas inmediatas.
El animismo ha estado presente en todos los continentes. Ocupa la mayor extensión cultural en el mundo, y está relacionado con los albores de la humanidad. Todo cuanto existe está vivo, todo está en relación con todo, nadie es dueño de nada.
Tomando esto en cuenta, y que ha estado presente antigua y contemporáneamente con organizaciones de estructura social muy básica (tribal, clanes), no hay grandes organizaciones sociales, grupos diversos, y como ya hemos mencionado anteriormente, el pueblo vasco, como todo grupo étnico, elaboró una cultura, unos modos de vida que traducen la actitud del ser humano ante los problemas fundamentales de su existencia. Uno de los aspectos que cabe considerar en esa actitud es la religión.
La religión es una forma de mirar la realidad. El espíritu, lo invisible, está en las fuerzas de la naturaleza .La imagen de dios siempre está rodeada de vida, cercano a las fuerzas inmediatas en las cuales estamos todos integrados.
El pueblo vasco sentía veneración respecto al medio: respeto y veneración. El ser humano está relacionado con la naturaleza, con la tierra: nosotros somos la tierra. Todo está vinculado a una fuerza invisible.
Se consideraban  los cultos primitivos, sus creencias, una especie de fetichismo, una idolatría forjada de supersticiones y hechicerías. Se le llamaba paganismo, en sentido  no de irreligión, sino de religión rudimentaria, y por lo tanto, falsa. Pero “pagano” significa aldeano, el que vive en el campo, por lo que como significa la religión de un mundo rural cercano a la naturaleza.
Más tarde se bautizó a estos cultos como religiones tradicionales. Después de haber hablado de totemismo (veneración de un animal), de manismo (creencia en una fuerza misteriosa), y de politeísmo (creencia en la existencia de varias divinidades), se eligió el término de animismo. Este término designa la creencia en los espíritus, en las almas que viven y animan todo cuanto existe.
El animismo ha estado muy arraigado en la cultura vasca y todavía sigue muy vivo en el euskara. Los mitos y creencias que surgieron en las cavernas hace decenas de miles de años han llegado hasta nuestros días a través de los restos arqueológicos, de enseres, pinturas rupestres, de ritos, mitos y tradiciones, pero sobre todo palabras en la lengua más antigua de Europa, el euskara, que insinúan algo sobre el pasado más remoto.
Los ritos y creencias forjados hace miles de años en las cavernas de Euskal Herria, son también los más antiguos de Europa. Pero aunque todavía hay pequeños núcleos  rurales donde perviven estas creencias, poco a poco se van perdiendo, por lo que el  euskara se perfila como único testigo vivo del mundo animista vasco anterior al cristianismo.
El sistema tradicional de los vascos es muy fuerte, y puede decirse que en este ámbito son la última tribu de Europa occidental.  Su lengua, que es la base de su cosmogonía, nos lleva a la Prehistoria. Pongamos algún ejemplo. Cuando llueve decimos “euria ari du”, estamos utilizando el verbo “ukan” que es transitivo, y es porque existe un sujeto elíptico que es ergativo (sería como decir “Ortzik euria ari du”). O si habla de la deidad del sueño, cuando indicamos que hemos dormido, decimos “loak hartu gaitu”. Si alguien muere en el rio, “errekak hil du”, o decimos “hotzak nago” cuando tenemos frío, equivalente a decir “hotzak harrapaturik nago” (o “beroak nago”), etc.
En el Paleolítico empezó a labrarse la cosmogonía que ha llegado hasta nuestros días, cuando los humanos vivían en contacto íntimo con la naturaleza, y su supervivencia dependía en gran medida de la observación y del conocimiento de los ciclos naturales.
Aquellos pobladores de hace 30.000 años vieron que había otras existencias junto a la suya:  la tierra, los astros… y los divinizaron. La antigua cosmogonía se caracterizaba por intentar explicar el mundo desde el naturismo, animismo.
La mentalidad vasca tendía a pensar que todos eran deidades, que existía un mundo mágico, en el que la diosa  Mari era la deidad principal, y luego había otras  deidades, en segundo plano. El alma (gogoa) se liberaba del cuerpo cuando éste moría y se volvía a reencarnar: tomaba el camino de Ortzadar (arco iris) hacia la luna por medio de la lluvia y se reencarnaba de nuevo en otro ser.
Quien con más profundidad investigó y reflexionó sobre el mundo de creencias anterior al cristianismo fue José Miguel de Barandiaran. A él se debe la división de la Prehistoria vasca en tres etapas: a cada una de ellas le corresponde un sistema de producción y unas determinadas estructuras de pensamiento.
1.-Sustrato Arcaico.
En el paleolítico, las comunidades de cazadores y recolectores habitan en cavernas. Ese medio físico determina creencias de carácter telúrico para las cuales ciertas cuevas y oquedades subterráneas están habitadas por genios y dioses misteriosos (númenes). A esta etapa correspondería el mito de Mari, señora del cielo y la tierra, a la que hay que aplacar mediante ofrendas e invocaciones como las que se pronunciaban al arrojar una piedra en cuevas donde se decía que moraban los “genios”.
2. La Cultura Megalítica.
Con el neolítico y la cultura pastoril, en el área vasca pirenaica aparecen las grandes construcciones de piedra o megalitos. La orientación de los dólmenes hacia la salida del Sol y los restos de fuego a su entrada insinúan cultos uránicos o celestes. El cielo seria venerado como una divinidad: Egu o Eki. Datan de entonces los símbolos solares tan característicos del arte vasco, el eguzkilore, el calendario vasco de origen lunar o las hogueras solsticiales.
3. Cultura Epigráfica.
La abundancia de piedras con inscripciones (epigrafía) justifica el nombre de esta etapa marcadamente influenciada por la presencia romana. En lápidas funerarias y aras aparecen representaciones del Sol y de la Luna, fuerzas de la Naturaleza divinizadas como entidades con espíritu propio. Dominaban por tanto las creencias animistas. Algunos de los lugares de culto politeísta de esta época serían posteriormente sacralizados mediante construcciones cristianas.

Procediendo directamente del cromagnon del área pirenaica, (así lo demuestran yacimientos como Santimamiñe, Ekain, Urkiaga, Isturitz entre otros), según Barandiarán hay continuidad del mismo grupo étnico siendo el Neolítico periodo decisivo en su conformación cultural, de la que nos han llegado las raíces mitológicas más primitivas conocidas en el continente europeo: las preindoeuropeas.
Los datos de la religión antigua son pocos, a partir  de las investigaciones arqueológicas y etnológicas, se han descubierto vestigios de sus creencias religiosas telúricas (presencia de genios y númenes en cuevas y bosques), que generaron prácticas rituales, cuyas huellas perduraron y se transformaron a lo largo del tiempo.
Según estos convencimientos arcaicos animistas, la fuerza de la vida está en el interior de la Tierra, que se manifiesta en árboles, montañas sagradas, fuentes: se hace presente en la Madre Tierra, Ama-Lur, en las cuevas habitadas por Mari. Con el auge pastoril, hace unos 5.000 años se multiplicaron las construcciones megalíticas.
Cuando el pueblo vasco entró en contacto con las culturas indoeuropeas, descubre y asimila otros horizontes religiosos,  y se genera una religión politeísta y evolutiva de carácter naturista, de divinidades terrestres, animales totémicos, dando culto al Sol y venerando en dólmenes y crómlechs a sus antepasados con diversos ritos mágicos que expresaban sus creencias en una existencia ultraterrena.
Con la cultura agrícola cambió su perspectiva religiosa, basando la vida en Ortzi e Ilargia, de los que dependía la vida de sus rebaños. La expresión religiosa de forma mítica y simbólica se ha plasmado en diversos ritos.
Los mitos cuentan historias sagradas, acontecimientos que han tenido lugar en un tiempo primordial para ayudar a comprender la realidad tanto de los orígenes como de la actualidad por referencia a los seres y acontecimientos sobrenaturales que la explican.
Como hemos dicho, ese conocimiento vivo, ritual, se expresa a través de la lengua, cuya función es fundamental.  Los vascos adoraban la naturaleza y creían que tanto los seres vivos como los inertes tenían alma. Se practicaba el culto a los “ zuhaitzak” (el más sagrado el “ Haritz”, roble), porque sus raíces eran el origen del pueblo vasco y sus ramas lo protegían.
La tierra: Mari o “Ama-Lur”, diosa principal , emitía su energía desde sus entrañas a través de “Arkaitz” y “Harri”. De ahí “Harri eta Herri”, que pervive todavía en el imaginario vasco. “Trikuharriak”  (dólmenes) y “gentilharriak” (menhires), eran las  tumbas que construían con grandes piedras, que más adelante con los romanos identificaron con el Ara ( altar), y que después cubrieron formando un  Fanun (templo en latín), y  que en época cristiana se transforma en iglesia : “Eliza”.
Se creía que caían durante la lluvia “Euriharri” que eran almas de los difuntos. “Sukarrri”, pedernal, es la piedra del fuego o rayo.
Los mitos y símbolos vascos afectan a todas las dimensiones de la convivencia popular y con la naturaleza, expresando las concepciones básicas de sus relaciones mutuas.
Gran Diosa vasca: Mari, Amari o Maya.
Dioses del cielo: Urtzia, Eguzki, Ilargi.
Gigantes de la montaña: Basajaun, Basandere.
Genios de las profundidades: Herensuge.
Hadas y brujas: Lamiak, Sorgiñak.
Diablos y duendes: Zaldigorrri, Zezengorri.
Animales: erle, otso, hartz, basurde…
Agua-Fuego-Tierra: Ur-Su-Lur.

-La Tierra:  Lurra.
Nuestros antepasados veían la Tierra como una extensión inmensa con partes sólidas y partes líquidas. A la tierra se le atribuía un vigor propio para generar vida en forma de vegetales que alimentaban personas y animales.
A la Tierra se le atribuía carácter maternal, acogía en su seno al Sol y la Luna a los que acoge en su seno cuando los astros desaparecen de la vista. Sus profundidades constituyen un inmenso receptáculo donde habitan las almas de los difuntos y también muchos genios que en la mitología vasca habitualmente tienen forma de animales (toro, caballo, verraco, macho cabrío, carnero, etc.) , o un aspecto cercano al humano.
Reinando encima de todos estos númenes y genios se halla la divinidad telúrica o tectónica Mari, diosa principal de la mitología vasca.
 
-Mari.
El numen central de la mitología vasca es de sexo femenino, su nombre es Mari o Maya.
Hace funciones de oráculos, guía de fenómenos climatológicos (característica fundamental para un pueblo agrícola) y somete la naturaleza entera a su voluntad (ella misma es una personificación de la naturaleza).
El trasfondo arquetípico de la mitología vasca hay que inscribirlo en el contexto de un Paleolítico dominado por la Gran Madre, en el que el ciclo de Mari y sus metamorfosis ofrece toda una simbología típica del contexto matriarcal-naturista. De acuerdo con el arquetipo de la Gran Madre, esta suele encontrarse relacionada con los cultos de fertilidad, como en el caso de Mari, quien es la hacedora de lluvia o pedrisco, aquella de cuyas fuerzas telúricas dependen las cosechas, la vida y la muerte, la suerte (gracia) y desgracia.
Mari toma figuras zoomórficas en sus moradas subterráneas y forma de mujer o de una hoz de fuego cuando atraviesa los aires. Las figuras de animales (a las que hace referencia el mundo subterráneo) representan a Mari y a sus subordinados, es decir, a los númenes telúricos. Mari es por tanto, la manifestación de las fuerzas de la naturaleza divinizadas en el sentido de sagrado de los pueblos indígenas.
Mari no es ajena a la creación (trascendencia), sino que ella misma es la creación (inmanencia). Todos los seres y ciclos naturales no son más que distintas expresiones de una misma cosa. Este es el sentido de sus metamorfosis y de su multiapariencia, lo cual está recogida en numerosas leyendas de diferentes formas y percibida bajo diversos aspectos.
Este ancestral mito está extendido por toda la geografía vasca con infinidad de moradas conocidas por tradición oral en montañas, cuevas o simas. Varia en cuanto a sus nombres en cada región o comarca (Andre Mari, Dama de Anboto, Mariurraka, Mari la del Horno, de Muru, de Aketegi…) características y mitotemas peculiares.
A Mari se le atribuye un aspecto positivo, de dama buena que aparece como sedante cuando está en su cueva; sus símbolos y asociaciones tienen virtud mágica positiva, y está presta a ayudar a quien se acerque a ella pidiendo consejo, interpretando naturísticamente en sus mandamientos éticos. Junto a éste aspecto positivo, aparece un aspecto negativo ( la estructura matriarcal-naturalista aparece devaluada). Se puede resaltar la ambivalencia de este arquetipo matriarcal en el inconsciente colectivo vasco que se manifiesta como fascinación y miedo a la mujer al mismo tiempo.
El catálogo de leyendas en torno a Mari es grande, y no raras veces presentan adherencias de sincretismo cristiano. Es notable la convergencia del mito de la Virgen María, aunque la opinión más sólida apunta a que se trata de un nombre autóctono derivado de “Amari”(oficio de madre, lo que daría razón a la interpretación matriarca-naturista del mito) o de” Emanari”(don,regalo).
El carácter que revelan las leyendas es más frecuentemente el de un ser terrible, no el de una madre bondadosa y maternal, aunque eso es ambiguo. Tiene un hijo bueno, Atarrabi, y otro malo, Mikelats.

-La Luna:  Ilargia.
El culto a la luna sobrepasaba en importancia al culto solar. Caro Baroja llega a afirmar que durante un lapso de tiempo, indefinido pero bastante extenso, fue la divinidad principal y más original del pueblo vasco.
“La Luna es un astro mudable, cíclico, sometido a leyes parecidas a las de los mortales. En fases regulares crece y decrece hasta desaparecer, como si falleciera, para renacer a los tres días, y con ese movimiento dibuja la trayectoria de nacimiento, desarrollo y fin propia de todo recorrido vital. De la vida a la muerte y de la muerte a la vida: la Luna representa plásticamente la aspiración espiritual de los ser humanos.”
A la luna se le dedicaban invocaciones orales habitualmente con el apelativo de abuela: (“Amona mantagorri, zeruan ze berri?  Zeruan berri onak, orain eta beti”).
En excavaciones vascas se han descubierto aras de época romana con signos de culto lunar y también posteriormente estelas discoidades de función funeraria que presentan profusos motivos relacionados con cultos astrales. Uno de ellos es la espiral, cuyo simbolismo cósmico respecto a la Luna tiene que ver con la idea de lo que evoluciona, lo que aparece y desaparece.

-El Sol:  Eki o Eguzki.
Al igual que otros pueblos de la antigüedad, también los euskaros consideraban al Sol numen o deidad natural. De su culto han quedado huellas desde el periodo neolítico.
Fue creencia que la Tierra es madre del Sol y de la Luna, hierofanías (apariciones sagradas) femeninas que duermen diariamente en su seno: el Sol sale cada mañana de la Tierra y al atardecer regresa nuevamente a sus entrañas en la región de Itxasgorrieta ( los mares bermejos).
Le decían “Adios amandre, biarartio”, “Eguzki amandria joan da bere amagana. Bihar etorriko da denpora ona bada”, son fórmulas recogidas por la etnografía vasca, aunque hay otra aún más expresiva por el tratamiento de entidad sagrada dado al astro: “Eguzki santu bedeinkatue, zoaz zure amagana”.
Nuestros dólmenes construidos  principalmente desde hace 5.000 años hasta hace 3.500, también insinúan una veneración solar por su disposición con la entrada orientada hacia el levante.  El mismo canon se aplicaría posteriormente a las tumbas cristianas medievales y en la construcción de iglesias románicas, cuya fachada mira al este, al igual que las chabolas de los pastores vascos.
Los ritos sagrados eran expresiones mediadoras para pedir protección y rendir culto a sus divinidades telúricas, númenes, genios y divinidades (todo estaba animado y poseía atributos hierofánicos), y vivir en armonía y paz con la naturaleza en todas sus dimensiones.
Bajo estos elementos míticos aparecen concepciones religiosas:  son mediaciones hierofánicas que expresan sus convicciones explicativas cosmológicas y sobrenaturales de manera antropomórfica, relacionadas con la vida y subsistencia del grupo humano.
Como hemos visto, elementos referenciales básicos son el Sol y la Luna, de significado animista y procedencia indoeuropea. Igual que el Sol, el “eguzkilore” ahuyenta los malos espíritus, a los genios de la noche y a los rayos. Se pone en las puertas de las casas y de los establos.

-La casa: etxea.
La casa, “etxe”, es también espacio sagrado en referencia a los muertos. De hecho, la sepultura se daba bajo sus aleros. Más tarde éstas pasaron a la Iglesia. La  “etxekoandre” era la responsable del culto doméstico. A ella estaba encomendado el cuidado del fuego (su), junto al agua (ur) , elemento sagrado, protector de la casa, y se encarga así mismo de la relación con el mundo de los antepasados, el de la trascendencia y de la religión, de bendecir a sus moradores y de la instrucción religiosa de los hijos. La “etxe”, es el cuerpo materno del universo familiar.

Estos mitos, ritos y símbolos son testimonio  de un pasado remoto y mantienen una determinada influencia expresada en múltiples formas sociales, culturales, políticas y por supuesto religiosas.
No existe unanimidad respecto a cuando llegó la cristianización a Euskal Herria, (algunos investigadores la sitúan en el siglo II y otros 650 años más tarde). Sin embargo, los ritos funerarios prehistóricos perduraban por lo que otros autores dicen que todavía en el siglo X existían núcleos de gentiles (paganos) en territorio vasco.
Tampoco se sabe si con la llegada del cristianismo, éste se encontró con  un mundo de creencias profundamente arraigado, pero lo que sí parece es que en vez de haber un enfrentamiento, se produjo una especie de simbiosis que propició su supervivencia hasta nuestros días.
A pesar del control eclesiástico, han persistido culturalmente, sobre todo en áreas rurales, vestigios de la religión primitiva en las conciencias, también en la lengua, y en costumbres y ritos diversos perseguidos a finales de la Edad Media y Moderna.
Podemos decir que a pesar de la inculturación de una religión racional, masculina dominante, controlada por la institución eclesiástica, el rio ancestral de la religiosidad vasca en su concepción matriarcal arquetípica cuyos referentes simbólicos son “Ama-Lur” y “Mari”, encuadradas en la mitología de los “Jentilak” del periodo neolítico, ha seguido discurriendo.
La religión vasca cumplía una función étnica-simbólica que va a perdurar a lo largo de los siglos. La religión más profunda, original y mítica es identificadora del pueblo, y al mismo tiempo, es generadora de convivencia tanto con los poderes naturales como entre las personas.
Mari era considerada bruja y señora de todas las brujas. Este dato, unido a que las ceremonias y celebraciones que se consideraban brujeriles tuvieran como escenario cuevas y montañas, lleva a suponer que hasta la edad moderna llegaron residuos de cultos antiguos de tipo telúrico y determinadas creencias que poseían funciones útiles para la regulación de pequeñas comunidades aisladas. Este equilibrio se fracturó con la irrupción de jueces y teólogos externos que movidos por motivaciones doctrinales, desencadenaron violentas campañas represivas. El poso mágico-religioso pre-cristiano, se convirtió así en motivo de persecución en los siglos XVI y XVII. El objetivo de la Inquisición fue acabar con todas las religiones que no fueran la oficial: el judaísmo y el islam eran reconocidas como categorías de religión, pero la religión vasca era sólo una brujería. Vemos una semejanza con los movimientos ecologistas en oposición a las agresiones contra “Ama-Lur” en la actualidad.
La religión vasca tiene al frente una diosa de sexo femenino: la diosa Mari, Amari o Maya, la cual representa por una parte a la Madre-Tierra, “Ama-Lur”, y se proyecta por otra parte en la “etxekoandre”, señora de la casa.  La gran madre vasca condensa a la Luna y el Sol como sus hijos, se metamorfosea en los cuatro elementos agua, tierra, aire o fuego), así como en los reinos de la realidad (minerales, vegetales y animales).  El pueblo vasco estaba influenciado por concepciones mágicas y animistas muy aptas para perpetuar numerosas formas de viejas culturas y mitologías.
Es sobre todo el animismo el ambiente propicio para el mito. El animismo pone un genio o una divinidad al frente de cada función, de cada fenómeno y detrás de cada misterio: todo se está penetrado por la divinidad, las cosas son divinas, sagradas.
Para comprender el animismo en el pueblo vasco, es preciso conocer las concepciones mágicas y animistas que forman su base y entorno.
Las religiones surgen en la confluencia de múltiples emociones y experiencias individuales y colectivas de muerte y vida, de oscuridades y clarividencias, de amor y odio, de admiración y de confusión ante la realidad que les rodea. Intentan comprender, explicar, dar seguridad y encontrar la salvación, relacionarse y organizarse en un mundo lleno de incógnitas y peligros, de sombras y luces, de Luna y Sol.
Según los antropólogos, la experiencia religiosa expresada en creencias míticas presentes en todos los pueblos, ha ido en Euskal Herria tejiendo su identidad fundamentalmente en su relación con la tierra: “Ama-Lur”. Era fundamental, y se expresaba en múltiples mitos, ritos y símbolos religiosos. Constituían tales mitos, formas de pensamiento y comprensión de la realidad, modelos de interpretación, de relaciones sociales y de una inteligencia práctica e instrumental, dentro de su lengua, el Euskara , y de sus costumbres. La religión como religación con la tierra y sus divinidades, tiene además funciones ecológicas y garantiza la fecundidad. La religiosidad del pueblo vasco requería espacios abiertos, contacto con la naturaleza, con la tierra, con lo fenómenos celestes. Lo sagrado tomaba cuerpo en ese medio cósmico natural.  Para el ser humano rural tradicional, todo lo que tiene un significado y se refiere a una realidad, tenía un valor sagrado.
(Basado en trabajo de N.B.)